Desde que Colombia surgió como nación ha tenido el anhelo de paz. El siglo XIX de nuestra historia, estuvo marcado por la guerra de independencia, pero también por numerosos conflictos civiles originados en razones políticas principalmente. El siglo XX se inauguró con la guerra de los Mil Días, luego vendrían las lidias partidistas y en una combinación de razones nacieron y se transformaron las luchas guerrilleras. Estas últimas finalizaron hace varios años en distintas naciones de América Latina especialmente, pero en el caso colombiano el conflicto se ha perpetuado, extendiendo con él la cara opuesta que es la aspiración de paz.
Una vez puesto en conocimiento público el inicio de un proceso para llegar a la paz, surge al tiempo un camino de intervención ciudadana, guiado por el legítimo interés de opinar, a favor o en contra, acerca del diálogo, de su agenda, de quienes representarán a las partes y de los posibles acuerdos que puedan alcanzarse. Sin duda, además de alimentar el debate público, una mesa de diálogo anima las esperanzas de paz y el compromiso de no dejarlas frustradas.
Siempre que se quieren buenos resultados, hay que trazar el camino y recorrerlo, paso a paso. Para marcar la senda de la negociación, son necesarias reglas concretas o garantías de permanencia y avance. La primera, la de la veracidad, esperamos verla traducida en la actitud de los participantes desde el momento en que convinieron aproximarse y convocar al País para que conociera su consenso preliminar. De esa conducta sincera entre el Gobierno y la guerrilla, no puede derivarse nada distinto a la convocatoria a la participación del pueblo y del Congreso, para generar la legalidad y legitimidad suficientes.
El segundo imperativo es el de la practicidad, aquella garantía de realizar lo que se pacte, y de transformar la vida de los ciudadanos que han asumido tantos efectos nocivos de la guerra.
La última guía que no puede desconocerse, es la coherencia, pues las conversaciones de paz se contrastan con lo que pasa en la práctica y entre los dos extremos tiene que haber unidad. Un ejemplo de coherencia sería el cese al fuego, llamado a convertirse en uno de los resultados más inmediatos, que demuestren la capacidad para llevar a la práctica lo que se hable con veracidad en la mesa.
En síntesis, guiar los diálogos con veracidad, practicidad y coherencia, garantizará que el camino iniciado por Colombia vaya más allá de un suceso de paz y se convierta en el esperado proceso de paz.












