Por: Nicolás Albeiro Echeverry.
Enero 28 de 2026.- La política exterior no es un espacio para improvisaciones ni para desahogos ideológicos. Es un instrumento estratégico del Estado, y debe manejarse con mesura, inteligencia y sentido de país. Cuando esto no ocurre, las consecuencias no se quedan en el plano simbólico: afectan la seguridad, la economía y la credibilidad internacional de Colombia.
Por eso, las recientes declaraciones del presidente Gustavo Petro, calificando como “secuestro” la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos y exigiendo su devolución a Venezuela, no son un asunto menor. No son un simple comentario. Son una toma de posición internacional que compromete al Estado colombiano.
Más grave aún es el momento en que se producen. Estas afirmaciones se dan en la antesala de una reunión clave entre el presidente Petro y el gobierno de los Estados Unidos. En diplomacia, los tiempos importan. Las palabras pesan. Y los gestos se interpretan. Lanzar un mensaje de confrontación justo antes de un encuentro bilateral de alto nivel no fortalece la posición de Colombia: la debilita.
No se trata de simpatías personales ni de afinidades ideológicas. Se trata de intereses nacionales. Colombia ha construido durante décadas una relación estratégica con Estados Unidos en materia de seguridad, comercio, inversión y cooperación judicial. Esa relación ha sido fundamental en la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado y las redes transnacionales que tanto daño le han hecho al país.
Durante años, Colombia ha pedido extradiciones, apoyo judicial y cooperación internacional. Ha exigido corresponsabilidad en la lucha contra las drogas. ¿Con qué autoridad moral podrá seguir haciéndolo si hoy desacredita ese mismo sistema cuando no coincide con la narrativa ideológica del gobierno?
Esto no es una política exterior soberana. Es una política exterior personalista, errática y cargada de confrontación. Una diplomacia que confunde firmeza con provocación, y liderazgo con espectáculo.
Defender la soberanía es legítimo. Cuestionar el uso de la fuerza también. Pero hay una línea que no se puede cruzar sin pagar costos: relativizar la justicia internacional frente a cargos graves como narcotráfico y conspiración criminal. Colombia no puede enviar al mundo el mensaje de que solo cree en las reglas cuando le convienen.
La relación con Estados Unidos no es un accesorio ni un capricho político. Es un eje central de nuestra estabilidad institucional y de nuestra proyección internacional. Tensarla deliberadamente, en un contexto geopolítico complejo, es jugar con fuego.
La pregunta es inevitable: ¿el presidente busca construir una relación seria y pragmática con Estados Unidos, o está dispuesto a sacrificarla para sostener un discurso ideológico ante su base política?
A Colombia no le sirve una diplomacia de trincheras. Nos cuesta inversión, empleo, cooperación y credibilidad. Nos aísla en un mundo donde nadie gana solo.
Cuando el presidente convierte la política exterior en una plataforma de discurso interno, no defiende la soberanía: pone en riesgo los intereses del país. Y esa es una responsabilidad histórica que no se puede minimizar.
En relaciones internacionales, apagar incendios siempre es más difícil que evitarlos. Hoy, lamentablemente, el propio gobierno parece decidido a encenderlos.